lunes, 16 de septiembre de 2019

Cáscaras/ Máscaras

PRESENTACIÓN “MANDARINAS” de Franco Rosso
Feria Libro Santa Fe 14-09-10 - EMR

La historia de Mandarinas transcurre en Fortín, en calles de tierra y asfalto de una ciudad chica del norte santafesino, entre 4 amigos (Amaparito, el narrador, Tu Sam y el Pula) que entrelazan sus vínculos callejeros y amorosos alrededor del árbol de mandarinas de la cuadra. Mientras aparece el dibujo de ese tejido cuyo centro siempre es el árbol, pasa la infancia, la adolescencia, y también la muerte.
Mandarinas es una tragedia amorosa: vida y caída de estos adolescentes, varones, dulces y ácidos, iluminados por el spot blanco y agreste de Amparito, la única que transgrede los cuerpos y los toca, la que les deja cartas o señales, y la que se va de Fortín. Se va, pero vuelve. Y funda una patria nueva con el subtexto del amor.
Hay una aparente fuerza reguladora de los personajes: todos caen a los pies del Pula, el héroe rústico. Pero lo que los mueve no es esta ley, sino la de la máscara/ cáscara: todos los personajes son lo que son hasta que largan su jugo.
La lengua de Mandarinas es la lengua con que se dice en las ciudades del interior. Es una lengua que va y viene en el tiempo y es la lengua de la convivencia de varias generaciones: se crece cerca de los abuelos, de la tiada y la primada, del vecinaje de toda calaña. Y con el relato de que la vida buena está lejos de la tierra de la crianza. Aunque se sepa que es otra ficción de los fundadores de la patria histórica, y de la patria literaria también.
El inicio es in media res y narra lo que sirve para contar: la muerte de un personaje menor y la vuelta de Amparito a Fortín. El epígrafe de inicio de la novela marca el ritmo de la lectura de Mandarinas: contar el tiempo que queda y el que se ha ido, dice Calamaro.
La música es central, como en una película. Es una novela que tiene banda de sonido, uno la escucha mientras va leyendo. Por un lado está el rumor de las cosas de fondo, los escenarios: las calles de tierra y asfalto que determinan clases sociales y vidas a seguir, los modos de alcanzar otras vidas (seguir allí o irse después de la secundaria). Por otro, las referencias que dan play a una música ambiente: el Pula se parece a Luis Miguel, Fredy a Freddie Mercury, Amparito usa flequillos “tipo Stone”; o suena The Police o “Clicks Modernos” de Charly o “cassettes gastados de Man Ray”.

Las máscaras son como las mandarinas, van cayendo de gajo en gajo hasta mostrar su centro. El narrador, el amigo de todos, debe aprender a no hacerse el muertito y a no temer. Otros serán los muertos. Es nodal que Amparito, entre todas las formas de comer mandarinas que se registran en la novela, sea la única que guarda las cáscaras en su bolsillo. Y las guarda para usarlas como un arma de ácido en los ojos de los varones.
Una mandarina puede ser el universo. Los fractales repiten una forma aparentemente irregular que, vista en zoom plano-secuencia, forma gajos unidos por un centro. Esa forma está presente en casi todas las cosas de la naturaleza. Replicadas, las ramas de los fractales parecen árboles. Un árbol de mandarinas irradia la vida de estos personajes; hay frutos amargos, otros que los hacen cagar, otros son dulces. Ninguno de los amigos deja de comer del árbol.
¿Cómo se dice el amor de la adolescencia, el primero, si no es de forma mestiza, sesgada, perturbada, trascendental? ¿Cómo recordamos el lugar de nuestro cuerpo cuando el cuerpo que nos enciende es de otro pero lo tenemos cerca pero es de otro y se aleja?
"(Amparito) guardaba las cáscaras en los bolsillos y cuando nos tenía cerca y estábamos desprevenidos apretaba un pedacito apuntándonos a los ojos para que el ácido que salía como un spray nos dejara ciegos por unos minutos. Mientras nos refregábamos los ojos puteando ella se cagaba de risa, nos pellizcaba el pito y salía corriendo. (...) Yo solamente los observaba, la observaba. No quería involucrarme de lleno en sus juegos, sobre todo cuando el Pula era parte. Amparito lo miraba con ternura, pero cuando desviaba la vista y me miraba a mí, sus ojos se transformaban y eran como dos ojos de gato de bicicleta y esa luz volvía a aparecer, ese destello que irradiaba y me decía algo en clave que yo desconocía. Tenía que hacer algo para que no me encegueciera (...)."

Hay en la adolescencia una superposición, un recurso que en poesía permite mostrar las relaciones significantes entre objetos aparentemente diversos. Ese rejunte, ese fractal adolescente como el que dice Kurt Cobain en su canción bautismal y furiosa, es la tragedia amorosa de Fortín. Esa tragedia huele a la fruta ácida de la juventud, como todo en Mandarinas. Es divertido perder y simular, dice Cobain. Hasta que cae la cáscara.



sábado, 3 de agosto de 2019

Escribir y leer. Primer Movimiento.

Voy a pensar mi escritura aquí en este espacio, cada tanto, como un diario personal. Pensaré escritura, objetos del arte y elementos de la ciencia que me atraigan para poner en movimiento algunas preguntas que me hago mientras escribo y mientras no escribo.

Escribir. ¿Qué es? Leí una idea de Lacan sobre el espacio abierto del análisis: la puerta del consultorio no se cierra nunca porque por allí se cuela el mundo y así elige Lacan que le suceda el análisis tanto a él como al paciente. Escribir es leer el mundo. Aparece una gramática que se dispone al escuchar y al ir hablando, incluyendo las interrupciones. Desde este pensamiento pico y paso a la lectura del mundo de Paulo Freire en el aula. Aprender es disponer el mundo en el aula junto con lo que está sucediendo allí y con las personas que estamos allí.

(es imposible no glosar el pensamiento. es posible limpiar la escritura, la gramática de una escritura. pero no el pensamiento de la escritura. repaso lo que escribo acá pero sin el escalpelo del aparato literario)

Ayer ví en un canal de televisión el trabajo de Johann Le Guillerm, un artista de circo que trabaja sobre las ideas de la naturaleza y la ciencia aplicadas al movimiento del cuerpo, de los objetos y del arte. Paciencia, mirada sobre el mundo, punto de vista autodidacta para objetos creados por él y su equipo de imaginógrafos. Así llama a su circo "Los imaginógrafos".

(quiero encontrar un nombre así para una comunidad de escritorxs y artistas con quienes hacer una puesta artística de investigación de la palabra en movimiento. pienso que sería casi imposible igualar este nombre porque en él confluyen los impulsos y los trabajos: imaginar una escritura como una insistencia, como una práctica)

Dice Le Guillerm que él adopta una posición: perturbar la certidumbre. Yo no sé si la escritura puede hacer eso pero me ha pasado, mientras escribo, que mi cuerpo cambia sus percepciones.

La lectura es perturbadora puesto que no soy responsable de esa gramática ya presentada al mundo. La disfruto y me perturba o no, o se inmiscuye en mi mundo desde que la elijo, de maneras disímiles según mi felicidad, mi tristeza, mis enfermedades, mis recuerdos, si vivo sola o con un hijo de 4 años que habla alrededor mientras leo.

Algo a lo que siempre me abandono es a la ficción creada por otros. Leer es olvidar los libros que leí pero no su escritura, que se imprime en los recuerdos y están ligados a la experiencia y lo vivencial. Leer también es esperar la sobreescritura de las personas a quienes confío las primeras lecturas de mis textos.

Escribir es tener que volver a escribir después de la mirada de otros. A veces es duro. Sobre todo si la escritura es algo que necesita ser puesto a prueba respecto de los pares, los otros escritores y escritoras, las editoriales, los concursos. Se necesita paciencia.


domingo, 24 de marzo de 2019

Mermelada de naranjas

Escribí esta presentación para “Piedra de Luz” del querido Hugo Echagüe por Caleta Olivia. Fue el sábado 16 en Del Otro Lado Libros. Tuve que faltar a la prese a último momento y lo leyó Ale Bosch en mi lugar.



Les estudiantes de letras y escritorxs vemos todo en términos de lenguaje. Nos fuimos acercando a ese modo de ver como les niñes se acercan las cosas a la boca para conocerlas. Hay algo primario en arrojarse a las palabras. La boca que tenemos ES la palabra. Por ese agujero, por esa lengua, con esa saliva empezamos a balbucear, a inventar, a repetir, a copiar, a improvisar, a cantar, a silabear, a leer y a escribir.
Un día de noviembre del año pasado recibo un llamado extraño y concreto: Hola Analía, soy Hugo Echagüe. Me gustaría que presentaras mi libro de poemas. Nos quedamos conversando un rato por teléfono. Hace más de 20 años que no cruzamos existencias. En las clases de la antigua Fa.Fo.Doc. no recuerdo a Hugo tan directo como en este llamado. Después vino a mi casa y charlamos bastante y antes de irse me dice “Eras nomás como te recordaba”. Yo me quedé pensando mucho en ese momento borgeano y duplicado y en qué de uno se sostiene mientras pasa el tiempo.
Si alguna vez estuve cerca de un filósofo ha sido de Hugo durante sus clases de Teoría Literaria o Germánicas. Era imposible sustraerse a esa voz diciente sin edad ni gesto ni género, como todos los oráculos, a punto de reír o de sibilar, alternando el habla de corrido con el tartamudeo, muchas veces volviendo oscuras las voces de dicientes anteriores como Holderlin, Kafka, Barthes, Derridá, o traduciéndolas y haciéndolas transparentes para nosotres.
La actitud hacia el lenguaje de otres y hacia el lenguaje de sí, en aquel Hugo y en éste, el poeta, creo leerla igual: la expectación sobre el mundo y su traducción oracular con un tono y un ritmo de insistencia, de repetición y señalamiento, sobre los nombres y las preguntas. Esa interrogación es la que aparece en su segundo libro de poemas, “Piedra de Luz”.
Comienzan los poemas y todo parece no estar en ningún lugar. Aparecen las palabras dónde, cuándo, cómo, el uso del condicional, las preguntas directas o indirectas, el uso de una simbología arcana ancestral y de tradición que se sabe poética: Una bacante baila sola,/ lejos, junto a un río/ nocturno, olvidado, dice uno de los poemas sobre el río.
En los poemas de “Piedra de luz” no hay lugar estable para habitar o decir. Pienso en cómo Alicia decide seguir al conejo blanco, entrar al agujero y caer por el pozo, tomando objetos aquí y allá en esa caída, revisando sus nombres, comprobando si están llenos o vacíos. En el gusto que le hubiera dado probar esa mermelada de naranja. Pero debe imaginársela: la ve y trata de sostenerla entre sus manos pero la pierde en su caída.
Hay un arrojo sobre la escritura que tenemos les escritores: sabemos que existe la palabra sobre un anaquel inestable. La encontramos. Y entonces hay que tomarla, amarla y después volver a dejarla sobre el estante. Y seguir. Con esa precariedad de las palabras trabaja Hugo. Nada alcanza y todo falta siempre en los poemas de “Piedra de Luz”.
La poesía de Hugo es fantasmal. Su primer libro de poemas se llama “Poemas Fantasmas”. No se sabe bien qué se ve, como en el entresueño bizco del buda. A mí me gustó mucho encontrar en el poema“Nocturnal” la invocación al tú como salvación posible al gris niebla. La segunda persona, les lectores, crean lazo y amarre y por eso hay casa o puede haberla: Nada más hay. Y bien, acá estamos. ¿Vas a venir o una noche más te quedás en la casa sin paredes? (Nocturnal).
También me gustó mucho encontrar correlatos breves y edénicos que iluminan. Son mis poemas preferidos, en los que se nombra el jardín, el árbol, la flor, los techos de una casa, la luna, la luz, la sombra, la piedra: Las hojas del laurel,/ altas, se inclinan y/ muestran la mitad/ del espacio. Un/ soplo de felicidad/ señal en tres/ direcciones (En el jardín).
Hugo es un sensei ciego. Se le cuelan las visiones y los reflejos del mundo, como un caleidoscopio. Sus poemas son murmullos, soliloquios también, dichos frente a un fuego. Alicia cegada por el humo de la oruga que fuma en el narguile y la oruga ve el futuro y lo anuncia y no lo anuncia porque las palabras también son el humo.
A la mitad de la lectura del libro le mando a Hugo un wasap que dice: “Hugo, se me ha hecho tan difícil atravesar todo el poemario como si fuera un sueño que uno no recuerda. Es un desafío para mí, que tiendo a anclar el verso en la objetividad narrativa. Pero tiene un ritmo hermoso. Todo el libro. Está dicho como en un susurro, o a tientas. Recordé varias cosas todas relacionadas con la mezcla se realidad y sueño: el silencio en las noches de la inundación del 2003, mi embarazo, la biblia, la caída de Alicia en el pozo…”
La poesía de Hugo enroca con la tradición existencial y se manifiesta en un verso que pregunta sobre los opuestos, los símbolos y lo conceptual. Cuesta leerla para quienes andamos eligiendo hablas orilleras. Algo de la Poesía Vertical de Juarroz aparece en la poesía de Piedra: limpiar el lenguaje, establecer la duda, preguntarse. Pasan las cosas mientras caemos como Alicia. ¿Las agarramos? ¿Las volvemos a poner en su lugar? ¿Sabemos qué son? ¿Las reconocemos? ¿Las podemos nombrar?
No hay muchas cosas que nombrar. Sí hay muchas cosas por las cuales preguntarse. Sí hay muchas cosas sobre las que dudar. Entrevemos, vemos, balbuceamos, nombramos pero no conocemos el sabor de la mermelada de naranjas que está en el frasco sobre el estante si no lo nombramos, y si no lo dejamos otra vez en el estante, en equilibrio bailador, como todas las cosas, para seguir.
Les invito a que escuchemos a Hugo y nos aplaudamos por estar acá, reunidos en esta librería que es casa y fiesta de lecturas y que también nos invita a cruzar a Otro Lado.



Archivo del Blog